La expansión de la inteligencia artificial está modificando la manera en que millones de personas escriben, estudian, buscan información, trabajan y toman decisiones. Pero, a medida que estas herramientas se incorporan a la vida cotidiana, comienza a surgir una nueva pregunta: ¿qué sucede con nuestras capacidades cognitivas cuando delegamos cada vez más tareas en ellas?
Un grupo internacional de investigadores abordó este interrogante en el trabajo “Los modelos de lenguaje extenso como virus cognitivo”, difundido en ArXiv y todavía sin revisión por pares.La investigación, de la que participa Ricard Solé, del Laboratorio de Sistemas Complejos de la Universitat Pompeu Fabra, utiliza modelos matemáticos provenientes de la epidemiología para estudiar cómo se extiende socialmente el uso de los grandes modelos de lenguaje o LLM.
La comparación con un virus, sin embargo, no significa que la inteligencia artificial sea considerada una enfermedad ni que utilizar estas herramientas provoque necesariamente un deterioro cognitivo.La idea apunta a comprender cómo determinadas formas de uso pueden propagarse socialmente y consolidarse hasta generar una dependencia tecnológica difícil de revertir.
Del apoyo a la sustitución
Uno de los principales planteos de la investigación consiste en diferenciar dos maneras de relacionarse con la inteligencia artificial.En una de ellas, la tecnología funciona como un apoyo que amplía las capacidades humanas: permite explorar información, acceder a conocimientos especializados, organizar ideas o aumentar la productividad mientras la persona conserva la interpretación, el análisis y la decisión.El problema aparece cuando la herramienta comienza a sustituir de manera sistemática aquellas operaciones intelectuales que permiten mantener determinadas capacidades.
Redactar, resumir, argumentar, traducir, programar, planificar o resolver problemas pueden delegarse actualmente en segundos. La facilidad representa una enorme ventaja, pero también abre un interrogante: cuánto esfuerzo intelectual continúa realizando la persona cuando esas tareas pasan sistemáticamente a manos de un modelo.
Un posible “contagio social”
Los investigadores sostienen que la utilización de estas herramientas también tiene una dimensión colectiva.Las personas aprenden nuevas formas de utilizar inteligencia artificial observando a otras personas. Las prácticas se incorporan en escuelas, universidades y lugares de trabajo y aquellas que resultan eficientes tienden a reproducirse.A partir de este fenómeno, el modelo plantea que podría alcanzarse un punto crítico en el cual la delegación constante de tareas cognitivas se vuelva socialmente predominante.
En ese escenario, podría debilitarse progresivamente el entorno que sostiene capacidades como leer de manera crítica, escribir, verificar información, argumentar y resolver problemas de forma independiente.El estudio no afirma que este escenario vaya a producirse inevitablemente. Se trata de un modelo que intenta identificar bajo qué condiciones podría desarrollarse una dependencia persistente.
El papel central de la educación
Uno de los aspectos más relevantes del trabajo aparece precisamente en el ámbito educativo.
Los autores sostienen que escuelas, universidades e instituciones no solamente transmiten conocimientos. También generan espacios donde las personas ejercitan capacidades cognitivas fundamentales. Leer, escribir, debatir, verificar fuentes, construir argumentos y resolver problemas son prácticas que necesitan ejercitarse para mantenerse.
Por eso, la discusión no debería limitarse a permitir o prohibir la inteligencia artificial, sino a determinar cómo incorporarla sin eliminar el proceso intelectual que forma parte del aprendizaje.
La “inmunización cognitiva”
Frente a estos riesgos, los investigadores introducen el concepto de “inmunización cognitiva”.No significa dejar de utilizar inteligencia artificial. Por el contrario, propone desarrollar una relación deliberada con estas herramientas que permita aprovechar sus beneficios sin abandonar capacidades humanas esenciales.
Entre las prácticas mencionadas se encuentran resolver determinados problemas sin asistencia de IA, verificar la información recibida, sostener discusiones críticas, establecer períodos de desconexión y conservar habilidades que puedan desarrollarse independientemente de las herramientas digitales.
En educación, esto supone diseñar actividades en las que la inteligencia artificial acompañe el aprendizaje sin completar automáticamente todo el proceso cognitivo.Una herramienta que pregunte, oriente, sugiera caminos o permita contrastar argumentos puede cumplir una función diferente de aquella que simplemente entrega un trabajo terminado.
Pensar antes de preguntar
Otros especialistas citados en el análisis plantean una estrategia sencilla: conservar cierto grado de “fricción mental”.
Esto implica no recurrir inmediatamente a la inteligencia artificial frente a cada dificultad, sino mantener espacios donde la persona primero intente comprender, elaborar una respuesta, resolver un problema o formular una hipótesis.La IA puede intervenir después para contrastar, ampliar, corregir o explorar otras posibilidades.
También se propone aprovechar el tiempo liberado por la automatización para actividades cognitivamente más complejas, como aprender, investigar, desarrollar nuevos proyectos, mejorar procesos o adquirir habilidades.El desafío, entonces, no parece estar en elegir entre utilizar o rechazar la inteligencia artificial.La discusión comienza a desplazarse hacia una cuestión más compleja: qué tareas queremos delegar y cuáles necesitamos seguir realizando nosotros mismos.
Fuente: Infobae